
viernes, 27 de febrero de 2009
¿Por qué?

miércoles, 25 de febrero de 2009
Pseudo-nombre.
Pseudo-intento. Atrofiado, cojo y desvalido. Él me hablaba de sexo, ella de amor. ¿Que podría hablar yo en este capítulo mal echo? Sentí el instinto en el estómago. El maldito instinto se posicionó en un lugar estratégico, como si tercamente no se fuese a ir, sin antes, conseguir el objetivo : que yo atendiera a su llamado. No, no y no. Nuevas versiones para algo que obligatoriamente intenta posicionarse, como si fuera su lugar desde siempre. Como si esta historia fuera suya. Quizás, para que sea mía, tiene que acabar. No entiendo y no sé si quiero entender. Me siento *. y *. Realmente jodida. Quizás yo me lo he buscado. O esto me buscó. Tengo ganas de *. Quizás sólo tengo que llamar a cada cosa por su nombre y situar todo en su lugar. Bueno; Partiré reconociendo lo * que me siento. Fin.
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*Mensaje no codificado.
lunes, 23 de febrero de 2009
Quizás.
Eran cerca de las 11 P.M. Quizás las 12 y en una de esas, tal vez la 1 A.M. En esos instantes lo que menos importaba era el tiempo, el cual, sin respeto alguno posaba en cada hombro, de quienes adoptaron la calle como su hogar. Llegamos el grupo de personas, todos con alguna expectativa, ya que no todos los días se suele ir en la noche, afuera del hospital San Juan de Dios a repartir alimento a quienes allí, nada esperan. Quizás, una voz que les recuerde que sigue viviendo, o un té, que los lleve a lugares de antaño, donde solían estar mejor. Calle- Cecilia, Cecilia - calle. Una fría presentación frente al panorama que mis ojos decodificababn entre mis manos tiritando (a causa de mi nersiosismo) y mi boca apretada por no saber que decir. Podría enumerar una a una, todas las situaciones que hicieron que mi estómago se volviera el máximo exponente de mi sorprendimiento. Una níña pequeña en la calle, un abuelo, un par de historias sin contar y otras que simplemente quieren pasar al olvido. Y la peor historia, el presente, que desde el minuto en el cuál se hace notar, se desvanece frente al interfecto panorama. Como siempre, el rubro de lo teólogico ha sido más que un simple tema para mí. Pero no la existencia misma de un ser superior, sino, qué nos lleva a creer a en la existencia de un Dios, qué nos lleva a encarnar la fé y así o qué nos lleva a renegar la supuesta existencia. A modo de introducción, podría acotar que estoy en ése proceso de vida, en el cuál estoy analizando minuciosamente mi tendencia teológica, que de lógica, no tiene nada. Con el pasar de los minutos, veía como mis compañeros (y amigos) cantaban canciones eclesiásticas para ver el fúnebre pasar de los minutos, en una fría noche de verano. Y mientras mis oídos analizaban la letras de las canciones y mi mente volvía a llenarse de preguntas, me dirigo a una señora, dueña de casa standar y le pregunto el rol de Dios, en todas las personas que viven en la calle. Ella me empieza a comentar que es muy fuerte la presencia de Dios en todas las personas (incluyendo ella). Incluso, nos detallaba la vida de varios de ellos, que sabían de memoria salmos de la Biblia. No pude decir nada más, mis labios se apretaron más de lo acostumbrado y esas ganas de llorar que me dan ada vez que la situación me supera, se hicieron más presentes que nunca. Comprendí hasta qué punto, la brecha es gigantesca. Que si bién, es un privilegio para nosotros tener comida, abrigo y alguien que nos espera. El nivel llega hasta el punto, que cuestionarse la existencia de Dios llega a ser un privilegio. Nosotros tenemos el tiempo para llenarnos de preguntas, en las cuales, si sentimos que nuestra creencia en Dios no es válida, no se nos desmorará la vida. ¿Pero que pasa con las personas que viven en la calle, en donde su único consuelo es la encarnación de su fé, es la única compañía frente a las solitarias noches, en donde están totalmente a la deriva? En donde la creencia en algo fundamental, el cuál literalmente es su único alimento. Y mientras mi mente estaba en su máximo esplendor, recordé la frase que dijo mi querida colega el día anterior : Si el miedo se hiciera carne, le llamaríamos Dios. Entonces, el silencio se quedó con la última palabra.
viernes, 20 de febrero de 2009
Balada de mal genio.
Hay días en que siento una desgana
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio.
Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo indócil personal a mis órdenes.
Hay días que ni siquiera son oscuros
días en que pierdo el rastro de mi pena
y resuelvo las palabras cruzadas
con una rabia hecha para otra ocasión
digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.
Días en que uno sabe que hace mucho era bueno
bah tal vez no hace tanto que salía la luna
limpia como después de jabón perfumado
y aquello si era auténtica melancolía
y no este malsano, dulce aburrimiento.
Bueno, esta balada sólo es para avisarte
que en esos pocos días no me tomes en cuenta
Mario Benedetti.
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio.
Días en que abro el diario con el corazón en la boca
como si aguardara de veras que mi nombre
fuera a aparecer en los avisos fúnebres
seguido de la nómina de parientes y amigos
y de todo indócil personal a mis órdenes.
Hay días que ni siquiera son oscuros
días en que pierdo el rastro de mi pena
y resuelvo las palabras cruzadas
con una rabia hecha para otra ocasión
digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.
Días en que uno sabe que hace mucho era bueno
bah tal vez no hace tanto que salía la luna
limpia como después de jabón perfumado
y aquello si era auténtica melancolía
y no este malsano, dulce aburrimiento.
Bueno, esta balada sólo es para avisarte
que en esos pocos días no me tomes en cuenta
Mario Benedetti.
miércoles, 18 de febrero de 2009
5 A.M
Ella solía sentarse en el balcón, para encontrar toda las noches la estrella más alejada de sus semejantes. Daba igual si brillaba, sólo quería una de aquellas lejos de las demás. De cierta forma todo terminaba en una especie de trastorno al verse reflejada en el cielo, de la misma forma, con un leve brillo, pero sin nadie con quién compartirlo. Quizás por que tenía el don de repeler a todo quién mirara sus ojos directamente por más de 4 segundos o simplemente por el constante miedo de extender la mano y cerrar los ojos. Las noches concluían siempre igual, el cigarro de las tres de la mañana, un café cargado que jamás pordía terminar, ya que en su afán de sentirse ruda (al cargar demasiado el café), su estomago terminaba provocando una batalla campal. Todas las noches como siempre, con el loco afán de saber cual era la pieza que fallaba, cuál era ese algo que hacía que cada noche, la soledad cargara sus hombros más de la cuenta. Ése espejo trizado, esa lágrima muerta, ese paso mal dado. Y la noche, las astillas, el dolor. Ya era hora. La de abandonar, la hora sigue corriendo y tú no sigues apartando la mirada de aquel lugar, buscando el inutil reflejo de algo que quieres ser, sólo en respuesta al miedo de caer, nuevamente, una vez más, como siempre. De caer tan hondo, que sólo logras verte, alzando los ojos cada noche, imaginando el reflejo de quién ya no está. Imaginando que nadie nota lo sola que estás. Simplemente, es hora de embarcar.
sábado, 7 de febrero de 2009
¿Que nos diremos hoy frente al muerto pasar de nuestros días? ¿Tendré que saborear el asco de un olvido forzado? Y las paredes están en blanco, mi boca sin palabras, y mis ojos, con más lágrimas de la cuenta. No debió ser así, y cuando crees en las ganas de cambiar las cosas, te das cuenta que una puñalada al lado izquierdo de tu pecho es la respuesta perfecta para hundirte y destrozar todo. Destrozar (te). Destrozar (me) Destrozar (nos). Podría gritar, llorar, preguntar mil veces porqué y buscar respuesta en este vacío, que está lleno de astillas. Pero me toca asumir, creer en lo único que queda... la realidad. La misma que disolvió todos los recuerdos, la misma que desde hoy, alojó su peso en nuestras vidas y terminó diciéndonos lo que cada cual tenía que hacer. La que nos informó la hora, el lugar y la forma de decir el maldito adiós.
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